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Tomando en consideración la inherente fragilidad del papel, es casi un milagro que libros puedan sobrevivir por siglos. Hay que pensar que algunos dieron vueltas al mundo en barcos que en ese entonces eran verdaderas cáscaras de nuez, otros estuvieron abandonados por decenios en buhardillas y subterráneos, etcétera. Si bien el papel hecho a mano de la época es de una increíble resistencia, no se necesita de una gran exposición al calor, agua, humo, gusanos o humedad para destruirlo.
Muchos grabados muestran el paso del tiempo, como rajaduras, orificios de gusano, manchas de humo y líquidos, etc. Pero también es el caso, que libros recién impresos fueron incorporados a bibliotecas privadas o públicas, permaneciendo en ellas por siglos, hasta que un día no muy lejano fueron rematados y adquiridos por anticuarios. Los grabados de estos libros pueden presentar tan buen estado, que se puede llegar a dudar de su real antigüedad. Los anticuarios están lejos de ser los mejores conservadores de grabados y documentos antiguos. Es normal que los expongan en vitrinas a la calle, colgados con chinches o alfileres, a todo sol. También escriben el número de catálogo y el precio con lápiz en el grabado mismo. Y todavía tienen los grabados amontonados y doblados de manera que los coleccionistas al buscar a veces los ajan, arrugan y rompen. En el mejor de los casos están “protegidos” cada uno en bolsillos de plástico. Y luego están los anticuarios que “limpian” los grabados muy empolvados dándoles un baño de agua con cloro. Cabe mencionar que la luz de sol, el coloreado, el manoseo, el cloro y el contacto con el plástico son todos factores que acortan la vida del papel. Existen muy pocos anticuarios preocupados por la necesidad de conservación del papel. Éstos sí mantienen las localidades a temperatura y luz adecuadas. Los grabados están entre pliegos de papel de arroz libre de ácido y siempre se levantan y transportan usando las dos manos en guantes limpios de algodón. El único menos de estos anticuarios está en sus precios exorbitantes. Desde el punto de vista de la conservación, la caja fuerte en que se encuentra Infancia de Chile protege de la luz y de un hipotético incendio. Pero no es suficiente para proteger contra otros factores serios de deterioro, como por ejemplo doblado por falta de espacio; el ácido del contacto con humo, polvo, plásticos, colorantes y, quizás lo más peligroso, robos. Particulares, empresas e instituciones son bienvenidos a proponer modelos de soluciones que permitan brindar mejores condiciones de conservación, ya sea en Dinamarca o en Chile.
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